Apreciado Albino.
Recuerdo una tarde. Una tarde tonta de aquellas. No recuerdo si era verano o invierno. Una más que, tras comer a pie de barra, calentando la fiambrera en el pequeño horno eléctrico, me tomaba mi trifásico de baylis, y leía la prensa. A veces venía Cecilio (qepd) y la fiesta estaba asegurada. Mientras paño en mano humedecido en ginebra barata sacaba brillo a las botellas; escuchaba y me lo pasaba en grande. O venían otros a contarme sus problemas. El agora bareto y el camarero aprendiz de filósofo. Cierto era que tenía un poder de absorción de sapiencia nada despreciable. Muchos maestros: Calderón, Pascual, Cecilio, Félix (qepd todos). Hasta inventábamos palabros. Por ejemplo: sancorpus. Dicho sea del meapilas recalcitrante que en el bar es un bendito y en su casa un ogro. A la noche, mientras escobaba, con la puerta abierta; eran otros tiempos, venían los que padecían mal de amores. Venían a bodega llena; cargando su desdicha. Y a veces, la verdad, me costaba encarrilarlos a su ca...










