Aferrarse a la nada


 He dejado atrás, a veces no por mi gusto, alguna casa y algún negocio. Unas veces fue por fuerza mayor, otras por el devenir de mi historia como personaje principal en esto que mal llamamos vida. Una de las veces, como bien, aunque oculto por el anonimato, relaté en una de mis novelas, me salvo la mirada llorosa y el aullar quebrado de mi perra Niebla. Ya tenia la cuerda en el sótano de mi casa, tensa y dispuesta a poner fin a mi desahucio de la vida. Anteriormente, aferrado a una botella de whisky 21 años sobre el puente viejo del río, me salvó a penas despuntaba el día, un amigo pastor que bajaba del monte a comprar pan para el almuerzo. Hablemos, compremos el pan, y almorzamos juntos despejando las brumas existenciales traidoras que pugnaban por cobrarse mi vida. La tentación es fuerte cuando los pies se niegan a abandonar la estancia querida, amada por la costumbre a su tacto agradable. El hecho de que este escribiendo estas palabras un suicida sin vocación es indescifrable en su sentido vital. Tengo que reconocer que me siento afortunado y a la vez intrigado por el misterio de la última decisión.

Ahora en este presente que ya no me duele por mucho que lo intente, siento una comprensión cómplice con la gente que agobiada e inmovilizada para dar un paso más hacia el futuro incierto, toma la última decisión.

Pero esto no resta ni un ápice al hecho de que me sienta indignado y profundamente decepcionado por una sociedad que aboca a sus hijos a esta fatal decisión.

Y también me siento cobarde e impotente, egoísta, porque aúno todos mis avales para mi lucha por mi propia salvación.



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