Apreciado Albino.
Recuerdo una tarde. Una tarde tonta de aquellas. No recuerdo si era verano o invierno. Una más que, tras comer a pie de barra, calentando la fiambrera en el pequeño horno eléctrico, me tomaba mi trifásico de baylis, y leía la prensa. A veces venía Cecilio (qepd) y la fiesta estaba asegurada. Mientras paño en mano humedecido en ginebra barata sacaba brillo a las botellas; escuchaba y me lo pasaba en grande. O venían otros a contarme sus problemas. El agora bareto y el camarero aprendiz de filósofo. Cierto era que tenía un poder de absorción de sapiencia nada despreciable. Muchos maestros: Calderón, Pascual, Cecilio, Félix (qepd todos). Hasta inventábamos palabros. Por ejemplo: sancorpus. Dicho sea del meapilas recalcitrante que en el bar es un bendito y en su casa un ogro. A la noche, mientras escobaba, con la puerta abierta; eran otros tiempos, venían los que padecían mal de amores. Venían a bodega llena; cargando su desdicha. Y a veces, la verdad, me costaba encarrilarlos a su casa.
Una tarde tonta pero que muy tonta, tan tonta que no tenía ganas de nada, acudió en mi rescate aquel vasco que ya llevaba un tiempo por el pueblo. Aunque soldador de primera, trabajaba en el campo y en la construcción. Era lanzado, verbalmente incansable, y, últimamente, lo veía cercano a una amiga mía de adolescencia. Antes de los 15 bailamos unos meses las lentas y la acompañaba hasta el Vanguard. Hasta el Vanguard porque podía estar su padre en la puerta. Nada más.
Aquella tarde le servi unas cañas. Algunas veces lo acompañaba con una cerveza para mí. Estaba algo nervioso, cosa que me extrañaba dado su carácter directo y dicharachero. La verdad: era un manojo de nervios. Hablemos de cosas, amigos, lo natural. Hasta que miré el reloj y se me ocurrió:
-¿esperas a Pilar?
Toque el timbre de su conciencia y se disparó. -Sí, esperaba a Pilar y no era una espera cualquiera. Le iba a pedir ir en serio en su relación.
-Bueno, Pilar, es una maña muy suya. Si quiere te dirá que si; y si no, te mandará a tomar viento. Fijo.
Me reía y le ponía otra caña. Llegó Pilar, llegaron los zapateros (los trabajadores de la fábrica de zapatos, nada que ver con política) y me perdí por la barra poniendo cerveza. Escuché la risa de Pilar fuerte y estridente como un matasuegras de fiestas. Él se excusaba a su manera por ir medio trompa. Se tomaron unas cuantas y marcharon.
Aquella noche escobando me cayó uno que no tenía seguridad en su festejo. Ya estamos, me dije.
Entre una copa de anís y otra, me dijo:
-Joer, Pipi, hasta el Albino le ha echado huevos y ha entrado en casa de la Pili.
-El Albino tiene un par. Termina la copa, paga, y marcha. Que llevo un día muy tonto. Aunque al final ha terminado chachi piruli.
Y terminé feliz y me puse una copa.
In memoriam de tu año de vuelo y ausencia.
Albino Torres.



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