Siestas

 A la fresca del pozo, en la umbría, sobre mantas viejas, nos tirábamos a dormir la siesta. Mi padre y yo. Antes mi padre despojaba al avieso Chamaco de sus atavíos y arrojaba un par de pozales de agua fresca sobre la arena sobrante de una obra. Llenaba otro pozal y se lo daba a beber. Libre de avíos y calmada la sed, Chamaco se revolcaba sobre la arena con gran aspaviento y soltando una cadeneta de cuescos de satisfacción. Luego se quedaba echado mirando con golosa mirada las viñas. Verdes de savia eran un reclamo a la gula en aquella inmensidad de amarillos rastrojos y tierra seca yerma. Pronto se iría de vacaciones, así lo llamaba mi padre, y arrasaría con una punta de viña en el cercano termino de Lumpiaque. Volvía exigiendo entrada en su cuadra, ahíto de gases por la uva verde consumida. Rebuznos y pedos eran su carta de reclamación de morada. Mi padre le abría la puerta después de arrearle los palos de rigor en la abultada lomera. Al amanecer la rutina de los días volvía por su derecho y todo era una continuidad a seguir con regla de reloj. 

¡Que verdes las viñas con sus almendros centinelas! 

Vivo recordando que no viviendo. Pues de la vida me acuerdo.

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