Chiquillos
Quizás ande equivocado. Corríjanme. Estoy seguro que el año de apertura de las piscinas municipales de Épila fue el año 1.972. ¿Y el bar Jamm? ¿Qué año abrió? Recuerdo bajar desde el Jamm hasta las piscinas jugando al burro, ya embravecidos de cerveza en el cuarto la burra. Cantábamos aquello de:
"Por el río Jalón bajaba un submarino. Eran los de Lumpiaque en una cuba vino."
No hacíamos muy buenas migas con el pueblo vecino. Al menos hasta la adolescencia. De chiquillos a veces los esperábamos en el cruce con un buen surtido de piedras a mano. A veces, las menos, nos hacían retroceder a nuestras cuevas entre las cañas de la brisa. Allí teníamos el fumeque escondido. Algunos calendarios de bolsillo franceses de tías en pelotas.
Las más de las veces ellos no podían pasar de los bancos y se volvían a su pueblo dejando el rastro heroico de sangre de una escandalosa cuquera. Cuquera que daba grado de veteranía. Todos habíamos visto en la tele de blanco y negro la película francesa "La guerra de los botones". Y actuábamos en consecuencia.
Ese año me quedé sin fiestas patronales de septiembre. Marche al internado. En la plaza del ayuntamiento mis compadres de peña "Los Mustang" rodearon el vehículo en que a lágrima viva iniciaba mi vía crucis penitenciario. Allí quedaron sonrientes con todas las fiestas por delante.
Siempre me sirvió como acicate para las fiestas que siguieron. No perdí ni un minuto. Bebí, baile, reí y demás, todo lo que pude y más allá.
Éramos tan felices en un pueblo tan maravilloso que ahora parece una cruel mentira. Un sueño irreal.



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