Tertulia dominical en carpintería Cubero.

 Con el sol en alto, la noche borracha a los hombros cansados, recalaba en la fresca tertulia de la carpintería. Sanedrín dominical de hombres recios, serios, afeitados; acogía al hombre escombro que daba voz a su retahíla de lecturas y escuchas de toda la semana. Nunca fui expulsado ni señalada la puerta. Era el heraldo historicista de sus 40 años de silencio. Por un fenomenal don era capaz de recitar con datos y números la historia de los años oscuros, silenciados. Me apoyaba en la arrogancia del que ya nada le importa para despotricar contra caciques y comprender al soberano pueblo. Mis compadres de empalmada me hacían llegar una rubia fresca desde el bar cercano. Con el gaznate renovado mi perorata se intensificaba hasta llegar a los planes de desarrollo.

--Seneca, vamos para abajo-- me indicaba mi añorado amigo.
Y me alzaba de la silla y seguía la malandanza, tras darles las gracias a los tertulianos por su escucha y paciencia. Era mi intermedio entre la locura y la cordura de la noche sin cama. Ahora podía seguir bebiendo y diciendo mis historias por los bares hasta la hora del derrumbe en alguna amable banca. Con veinte minutos de sueño en silla o sofá podía alargar la jornada hasta la negra noche. Me esperaban los libros y la radio, mi perro y mi soledad.
Al fin y al cabo, siempre he sido un perro de majada sin amo.
A la tertulia dominical en la carpintería de Cubero. A su aguante y saber estar. Hombres que conocí en otra vida y se fueron dejando su recuerdo indeleble en mi memoria.



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