IBIZA CANÍBAL - TATIANA

 


Después de haberle sacado 25.000 lereles en chantaje para nada emocional; no estaba mi reseca de acuerdo con saldar la cuenta por vía exclusivamente monetaria. En la noche anterior había disfrutado de mi preferida puta argenta. Nos habíamos puesto a tono con unos X de gran calidad, sin nada de combinación lisérgica. Puro MDMA holandés. Como siempre había estado de lujo. Claudia era una petera experta y se engolosinaba con los borbotones de esperma. Dejaba el miembro ensalivado y brillante; listo para un segundo round.
Los posos químicos bailaban una jota en mis neurotransmisores. A taconazos activaban la serotonina que enviaba a mi balano unos latidos como tambores africanos. Era la erección resacosa, sin ninguna duda, la mejor.
Pensando en poner un dvd porno y masturbarme; recordé que mi jefe se había marchado a Valencia en viaje de negocio constructor. Y a correrse la correspondiente juerga puteril y cocainómana. He aquí la presentación de la segunda venganza: Tatiana.
Una noche que celebramos el pago en marcos alemanes, negros como el carbón, de la construcción de un chalet a un cirujano plástico alemán, terminamos en el Blue Rose. Mi preferido local de stripper. Mi jefe en plena ostentación de peluco de oro, visa oro, y garrulismo torrentiano, se dejo ligar por la rusa Tatiana.
Estuvieron seis meses de relación. Ella le retiro el coño sino accedía a pasar por el ayuntamiento. Soltero, rico, con jugosos negocios en marcha, claudicó. Tatiana lo valía, desde luego. Tetas operadas a la perfección, cuerpo cincelado en el gym, y una carita de muñeca rubia con ojos azules que pedía a gritos que soltarás sobre ella la lefa de una semana.
Así que me di una ducha rápida, me ungí en Issey Miyake, y con la excusa de una orden de su maridin, me fui para la casa payesa de mi exjefe.
Tatiana, disfrutando de la paz que dejaba el botarate garrulo, libre de sus sebosas zarpas; se encontraba en el sofá enfrente de una gigantesca televisión de plasma, donde se desarrollaba, más a mi favor, una porno de Rocco Siffredi.
La rusa se había puesto una combinación de lencería negra de seda. Con abertura en el coño donde arremetía con un consolador vibrador. Tenía dos días por delante de vodka, cocaína y vibrador. Antes de llamar al timbre había rodeado la casa y dejado el coche oculto por unas sabinas. Era capaz el engendro torrentiano de haber obligado a su hermano anormal ha vigilar escopeta en ristre. Aunque le podían los celos al pensar que podía abalanzarse sobre la rusa y follarla como un potro desbocado. Su hermano era medio anormal; pero gastaba un carallo muy del gusto de las putas. Él era muy sagaz para los negocios; pero tenía una polla tímida y enana. Así que el terreno estaba despejado.
Llamé al timbre. Tatiana apagó la escandalera porno y se echo una bata semitransparente por encima. Por supuesto no sabía nada de mi chantaje, eso lo tenía claro. Nunca reconocería su maridín que le había tangado su hombre de confianza. Nunca una sombra en su poder.
Al abrir la puerta la rubia eslava me sonrió. Esta mal que lo diga; pero estoy de muy buen ver. No de gym sino de currar en la obra. Hasta romperme la espalda y acceder a furgonetero había currado lo mío.
--Hola, J. Ya sabes que nuestro jefe, no está. Dijo con ese acento arrastrado.
--Sí, me dijo que se iba a Valencia. Y que pasará a ver si necesitabas algo o llevarte al Eroski.
--Que raro. Ayer hice la compra del fin de semana. Pero anda, entra, J, tomate una cerveza.
Entré y fuimos a la cocina. Me sirvió una cerveza y hablamos de la remodelación del hotel y otras chorradas. A mi se me iban los ojos, claro. Las aberturas y transparencias me estaban dejando sin aliento.
En esas, le pedí usar el baño, a sabiendas que el baño pequeño, digamos de cortesía, estaba inutilizado, y, por falta de tiempo, nadie había venido a arreglarlo.
--Tendrás que utilizar el nuestro. Con la reforma del hotel nadie viene a arreglar el pequeño.
Pase por el dormitorio donde una gran cama con sábanas de raso color champagne permanecía sin hacer. En el suntuoso baño una fila de tangas goteaba de la barra de la ducha. Como ángeles llorosos pidiendo vino celestial. En el jacuzzi descansaba una cuchilla de afeitar llenita de mínimos pelitos.
Me masajeé la polla hasta que alcanzó una semi erección que se marcará bajo los vaqueros. Salí decidido. No iba a tomar a una doncella en un castillo medieval; sino a una stripper retirada por un adinerado constructor. Solo podía correr el riesgo de mandarme a la mierda; y previo pago, ya me había mandado su maridín.
--Te he puesto una Coca-Cola con un poco de J.B. Empieza hacer calor…
Me senté. en el sofá. Bien abierto de piernas, mi erección pedía a gritos ser liberada de la tela. Ella se sentó en el sillón reclinable. Nada podía ocultarme su afeitado coño que asomaba por la abertura de la seda. Su raja tipo cerradura de iglesia parecía que me llamaba. En esas mi mano descubrió el vibrador debajo de un cojín. Lo alce, sonreí, y a tomar por culo. Como un gato me arrastré ronroneando por la alfombra a cuatro patas hasta su sillón.
Le alce las rodillas y me dispuse a devorar con fruición su concha y su orto.
Oh, Claudia, la argenta aun estaba en mi cabeza. Fuera. Ahora no estaba en Corrientes. Estaba en la dacha siberiana, enfrente de un samovar que se derretía en busca de placer.
A lengüetazos ensalivados de arriba abajo. Sal gorda sobre gambas a la planche. Vino afrutado dorado sobre mi rostro. Cuando la polla me pidió paso hacía su jugosa boca, me desnudé por completo. Le puse un X en su lengua y me metí otro.
Ella arrojó su bata y sacó de su sujetador los pechos que se alzaron como promesas hacía el cielo.
Se volvió a sentar y me engullía como un boa constrictor. La dejé hacer dividendo mi epitálamo en dos salas de proyección. En una proyecté campos de exterminio nazi; y en la otra un porno suave, blando, casi adolescente. EQUILI BRIO.
Cuando noté que mordisqueaba como un ratoncillo la punta del glande, la gire, busque en la cartera una goma, y me dediqué a follarla por los dos conductos hasta que se desmayó en un orgasmo vibrante que creí que me dejaba emasculado. Le di tremendo empujón y me liberé de su succión intermitente. Así mismo me liberé de la goma rosa y en cuatro toques me corrí sobre su palpitante culo.
Tatiana no volvía en sí. Le di dos cachetadas con un Cosmopolitan. Nada. Solo ronroneaba como una yonqui saciada en vena. Envolví en un diario de Ibiza la botella de J.B. 12 años, me llegué a la cocina y en una bolsa de plástico introduje las delicatessen de nuevo rico. Una botella de El Coto reserva y puerta. Allí quedó hecha un guiñapo sobre el sofá, bañada en sudor, semen, y flujos variados. Pobre sofá la que le había caído. De salida pillé un par de Ray Ban clásicas que siempre le había envidiado al torrentino. Ya era el depredador al que aspiraba a ser. Nunca más doblar el lomo sometido al toque madrugador del despertador. Me bebí un bote de Tomwas (multivitaminas alemanes) y arranqué el rojo perolo. Sabía que este inciso sexual quedaría oculto. De lo otro, el chantaje, sabía que habría cierto precio por mis pelotas. Pero, la verdad, lo único que necesitaban, era un baño de asiento y un zas zas de polvos talco.

Comentarios

Entradas populares