48 reflejos ante la muerte.

En la noche reinaba la tormenta de verano con sus rayos asesinando la oscuridad y sus truenos mortificando al silencio. En mi reinaba la desolación. Expulsado violentamente del ultimo bar abierto; mis turbios pasos me llevaron a la casa abandonada de mis abuelos. Era una casa aislada en la cercana huerta. De recia piedra y vigas de madera con su fuente de manubrio y su corral, cuadra y cuarto de enseres agrícolas. Me daba igual la leyenda negra, me reía, borracho como una cuba, de los sucesos acaecidos en aquella casa cuando era un niño. Ahora solo importaba el hecho que me había quedado sin mi amada. Sin su sexo siempre dispuesto y su alegría de rubia loca. Éramos muy jóvenes para librar batallas de adultos. Y ella había apostado fuerte. Ganando la apuesta ante mi chulería juvenil. Me sentenció en una cálida tarde, viernes 6 de julio: -Sí te vas a los sanfermines, hemos terminado. Esbocé una sonrisa estúpida, y, por supuesto, me fui con mis amigos. Pasamos dos noches con sus días delirantes de alcohol y hachís, desmadre total, cansados y sucios volvimos al pueblo el domingo tras dormir dos horas después del encierro. En el baile dominical ella ni me miro. Un amigo me contó que se había pasado la noche del sábado divirtiéndose con unos cosechadores que pernoctaban en su hospedería familiar. La ruptura era un hecho. Otra cosa hubiese sido reconocer ser un calzonazos y que los pantalones los llevaba ella. Eran otros tiempos; otra mentalidad, más en el ámbito rural. Así en frio no me dolió como el rayo fulminante que llegaría con la añoranza de su cuerpo y su risa. Con el alma en pena me arrastré por bares y tugurios. Las canciones me llevaban a ella, a nuestro sudor y gozo en el coche rojo en los rastrojos. A peñas con olor a cocacola derramada y ginebra de alcoholera industrial. A ser descubiertos en ocultos cuartos, desnudos y activos en plena refriega de los sentidos, estallábamos en una beoda risa. Jugábamos en aquel descubrir político al anarquismo y el amor libre. Digo jugar, pues hubiéramos sido capaces de arrancarle los ojos a quien hubiera insinuado un trio o una traición. Por un tiempo largo estuvimos hechos el uno para el otro. ¿Qué pudo romper nuestra alianza? No tengo ni la más remota idea. No creo que fuera el hecho de irme de juerga a Pamplona. No iba con su carácter imponerme un ultimátum de tal naturaleza. Algo se rompió en su mente y no supo o no quiso repararlo. Punto para ella. Ahora, en este penar de su ausencia, las prostitutas se reían de mi dolor y de la flacidez de mi miembro. Cansadas de intentar levantarlo me dejaban por imposible. 19 años y aquella rubia loca me había machacado. Solo en la borrachera y en la ingrávida sensación del hachís encontraba algo de alivio a mi desasosiego. Mis padres me miraban con recelo. Sospechoso de haber heredado la maldición asesina. Trabajaba en el campo y me emborrachaba a la noche. A los amigos debí darles algo de grima, pues, me entraban unas lloreras sin vergüenza alguna. Fui sumando algunos escándalos. El más chusco fue burlarme del pobre sereno local. Ponía la música en el coche a todo volumen y me escondía en el maletero. El pobre hombre apagaba la música y me buscaba sin encontrarme. Vuelta a empezar. Tuve la mala suerte de que paso la guardia civil y me pillo infraganti. Me llevaron a casa a dormir la mona y me retiraron las llaves. Nada más dejarme en casa cogí otro juego de llaves y reuní a todos los perros vagabundos del barrio. Me presente en la plaza ante el asombro del sereno nocturno. Arranque el coche y me fui a mi casa con todos los perros ladrando detrás, y los Deep Purple a todo trapo. Peleas tuve unas cuantas. Bueno, arranques de pelea. Era el tiempo de mi desamor y la gente no hacia leña del árbol caído. Aquella noche le había pegado al anís con hielo en demasía. Las bebidas blancas tenían un efecto totalmente enajenante. Así que, con el pueblo dormido, los bares cerrados, me dirigí a la abandona casa de mis abuelos. En la cercanía de la huerta, batida por la tormenta, a la luz de los intermitentes rayos, era una aparición espectral. Nunca había osado acercarme. Ni de día ni mucho menos de noche. Solamente había llevado a mi amada rubia al camino de entrada. En el rojo coche nos habíamos comido el uno al otro, visceralmente, como perros en celo. ¡Ah, la fortaleza de los 18 años! Una fuente inagotable de energía incapaz de saciarse de sexo y locura. Pero embriagado por el anís, los hechos acaecidos me daban la risa boba. Sabía que había una llave debajo de la losa de entrada. Tenía oído que la casa había quedado igual tras los terribles hechos. Nadie se había llevado nada. Así que encontré la llave y entré. Mi abuelo en un delirio de celos dijo que se iba a cazar, se escondió entre el maíz y espero. Al poco apareció su hermano pequeño que entro en la casa. En aquellos tiempos las casas permanecían abiertas del canto del gallo al canto del gavilán, así que no era extraño que la familia o los vecinos entraran libremente, a lo sumo, con un grito de se puede. Encorajinado y ya trastornado, mi abuelo sacó la escopeta de su funda de ante, cargo su alma de muerte con posta lobera, y a hurtadillas volvió a su casa. Lo que pudo encontrarse nadie lo supondría, ni decidiera mentarlo. El hecho es que le pegó una patada a la puerta y sin más miramientos, les descerrajo un tiro a cada uno. A continuación, cargó la escopeta de nuevo y se voló la cabeza. Silencio. Todo fue silencio y miradas ceñudas. Miradas de sospecha hacia una familia ya marcada. Igual también me había marcado a fuego la locura transitoria de mi abuelo, pensé mientras entraba por la puerta. La verdad es que todo se conservaba como si hubiera sucedido ayer. Solo faltaban los afamados fantasmas. En la nevera muerta de la cocina había cerveza caliente de una marca que ni conocía. El viejo transistor con que escuchaba mi abuelo los toros y telenovelas mientras trabajaba las viñas, al girar la rueda, entre estertores, cogió una emisora en árabe. Envuelto en canticos del Magreb, cogí uno de los botellines de cerveza, y lo abrí con los dientes. La mandé a reunirse con el anís sin impórtame si podía estar en mal estado. Me supo a cerveza, cerveza caliente, pero cerveza. Decidí subir las vetustas escaleras de madera al segundo piso. Entré en el dormitorio de mis abuelos. La cama deshecha, la ropa ocupando las sillas, un desorden de primera hora que se hizo eterna. Lo curioso es que no hubiera ni una gotera ni un nido de pájaros. Por no haber no había ni una tela de araña. Abrí con esfuerzo las contraventanas pues el calor de la tormenta había tomado posesión de la estancia. La tormenta se alejaba y una brisa cargada de ozono y éter movía las cortinas. Me tumbé sobre la cama, suave y blanda de dos colchones de lana, y me vi reflejado, a la luz de una tímida luna, en el espejo de, valga la redundancia, luna. La visión se iba alternando con la oscuridad al ser la luna ocultada por restos de nubes que se alejaban inofensivas siguiendo a la tormenta madre. Cuando la claridad del amanecer fue ganando la batalla a las sombras; la visión de mi alucinado rostro supero a mi conciencia y entre de lleno en una subconciencia de terror. Lance el pesado despertador contra la luna del espejo que se quebró en múltiples espejuelos. Pero no cayó ni uno al suelo. Todos permanecieron hermanados en su marco de recia madera. Me levanté á ver el milagro y había 48 versiones de mi en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia. Volví a contar mis reflejos y de nuevo 48 versiones de mí mismo me apuntaban con el dedo. Imágenes de algo que había dejado de existir para el mundo de los hombres. Un búho real comenzó a ulular. Una lechuza se lanzó como una exhalación sobre un ratón de huerta. ¿serian reencarnaciones de mis muertos? Enajenado, cansado, me volví a tumbar sobre la colcha de ganchillo multicolor tejida por mi abuela. El transistor abajo en la cocina dejo de emitir canticos y rezos islámicos. Encendí un cigarrillo y me dormí. Así entre en la leyenda negra de mi familia cuando los vecinos vieron al fuego consumir la vieja casa. Ahora en un territorio sin definir mi espectro de ceniza juega interminables partidas de mus con mi abuelo que huele a pólvora. Mi abuela y mi tío abuelo ríen en un festejo eterno ante las miradas de reojo de mi abuelo que busca una inexistente escopeta. Desde allí vemos al resto de la familia que no ríen ni en fiestas ni carnavales. Aunque seamos translucidos y sin materia mortal nuestro peso en sus conciencias es pesado e imborrable. Pólvora y fuego, menuda combinación para heredar.



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