Casa Florencia


 “Y vigilarás la herramienta y el material. Te quedarás en la vieja casa payesa. Hay un colchón, una hornilla y una nevera a butano. Leña y una chimenea. Toma para gastos.”

Así empezó mi historia de amor con Formentera. En una casa de más de 300 años. Unos días antes de Semana Santa.
La verdad que venía más hippie que nunca; tras vivir realquilado con unos italianos que habían vivido 15 años en la India. Veganos y nudistas. Al menos eso comprobé los pocos días de sol de aquel invierno. Vivíamos aislados en el bosque de Santa Gertrudis-San Juan. Nunca me metí en sus vidas. Trabajaba en la construcción de un chalet, leía, y me paseaba por la campiña. No bebía ni fumaba. Me alejé de amigos tóxicos tras un intento de realizar un “vipassana”; al menos, deje vicios, adelgace a base de infusiones relajantes, y me di otra vuelta de tuerca. Una más.
Mi jefe cogió un chollo (luego envenenado) de reforma completa y un sustancioso adelanto. El más legal y con cabeza, vida, era yo; sí, no se sorprendan. Así que me encargué del desembarco y la logística.
Buscar casa de alquiler para trabajadores, bar que nos diera desayuno, comida y cena. Tienda que hiciera los bocadillos de almuerzo y merienda. Comprar material y llevarlo con la furgoneta. Poner la maquinaria en marcha.
Al principio mi jefe se las veía muy felices y, con dinero fresco, todo fue como la seda. Luego, cuando se pilló los dedos, cambió todo. Para entonces ya conocía bastante la isla, tenía buenos ahorros (otra sorpresa) y me independice. Otro trabajo, bien pagado todos los viernes, y una casita payesa a muy buen precio. Compartiendo, casi gratis. En Formentera, algo parecido a que te toque la lotería.
Pero volvamos a los primeros días.
Una vez instalado con todas mis pertenencias; bajé hasta Sant Francesc para hacer acopio de víveres, incienso, pilas, etcétera. Cual no sería mi sorpresa al descubrir en el aparcamiento del Eroski el perolo de M.T.
M.T. una levantina aventurera, quemada su etapa de jardinera en Ibiza, siempre ansío vivir y trabajar en la pitiusa menor. La había conocido en la reforma de un hotel donde se ocupaba de remodelar los jardines. Como yo era el “furgonetero para todo” pronto me vi llevándola a los viveros a buscar plantas. Cuando me comentó que tenía problemas con el alquiler de habitación; le dije que tenía una habitación libre, en el campo, cerca de San Carlos. Sus ojos se iluminaron con el ardor de una falla de su querida tierra. Aquella noche se trasladó.
M.T. era un espíritu libre. Una libertaria total, existencial. Se desnudó en la primera charla. Cuando digo que se desnudó, no quiero decir que se quitará la ropa. Quiero decir que me explicó cómo funcionaba internamente. Vamos, que me entregó su personal manual de instrucciones. Y no hubo problema alguno. Acaso no presumía de ácrata humanista. Pues eso.
Revisé la agenda del móvil y le hice una llamada. El móvil sonó dentro del coche. Típico. Era una artista: jardinera paisajista, fotógrafa, experta en informática. Pero un desastre para su organización personal. Artista visual.
Hice mi compra. Al salir, en una terraza, vi, una espalda cubierta por unas gruesas rastas cobrizas. M.T.
Me acerqué. Apoyé mis manos en sus hombros, y sin darse la vuelta exclamó:
¡Tasio!
Saltó y se fundió en un abrazote. Los solía dar sin previo aviso, costumbre adquirida de su estancia en Méjico. Fuimos a la barra y hablemos de nuestras cosas. Había pasado menos de un año; pero, en las islas, era como decir dos o tres, dada la velocidad de las circunstancias cambiantes de una semana a otra.
Acababa de aterrizar, dormía en la playa, y tenía que buscar algo. Temía el robo de su cámara y su portátil. Por segunda vez le ofrecí alojamiento provisional.
Cuando llegamos, no pudo dejar de exclamar:
“No sé cómo te las arreglas. Encuentras unas casas increíbles. Un sueño sólo al alcance de
millonarios.”
Luego le expliqué que era un lugar de trabajo. Que pasada la semana santa, empezaría a derribar, desmontar el porche piedra a piedra; vendrían los currantes.
Es un delito y un pecado, cambiar una sola cosa a tanta belleza, dijo. Sacó la cámara y se puso a sacar fotografías desde todos los ángulos.
Encendí fuego y me dispuse a asar unas sepias a la brasa. Una ensalada. Luego, arrastramos el colchón al sol, y, cual Adán y Eva, dormimos la siesta. Soleándonos.
Cuando empezó a refrescar, me desperté. M.T. había encendido velas por todo el salón. Ardían unos troncos en la chimenea abierta. La fragancia a sándalo se escapaba por la puerta. M.T. visualizaba fotografías en el portátil. Sentada a lo apache frente al fuego, en bragas, con sus hermosos pechos inclinados hacia la pantalla.
Introduje el colchón a un lado de la chimenea, extendí mi saco de dormir abierto. Y me tumbé. No tuve que esperar mucho.
En un suspiro llegó el domingo. El lunes venía mi jefe. Y la dueña de la casa. Limpiemos, recogimos, a primera hora, como dos expulsados del Paraíso.
Ella, encontró habitación. Encontré casa para los currantes. Nos vimos en algún concierto. Risas, abrazotes. Nada más. Hubiera sido romper la magia de aquéllos días en que solo existimos nosotros para nosotros, sin edad; y toda la belleza de la soledad del paisaje a nuestro servicio.
“Et in Arcadia ego”
La casa es la de la fotografía "Casa Florencia", Camí de Can Parra, Es Cap, Sant Francesc, Formentera.

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