Nochebuena
Uno se diría, llegado a cierta edad madura, que ha vivido muchas navidades, y muy distintas. En diversos lugares y ciudades, pueblos. Y no puede dejar de tener sana envidia a quien siempre las ha celebrado en la misma casa, barrio, calle. Quizás sea por el peso en la memoria de tantas situaciones distintas. Del hombre joven totalmente entregado al amor al hombre íntegro decepcionado. Decepcionado pero que a la navidad siempre le arroja un salvavidas en su mar agitado de incertidumbre. Solitario que esboza una sonrisa ante el espejo liviano del grato y elegíaco recuerdo. Lejos queda la ira y el combate contra las fechas adornadas y llenas de vituallas superfluas. Derrotas resacosas y citas en el cuartelillo. O bien cita hospitalaria sector salud mental. Lejos quedan, afortunadamente.
Por señalar: me complacía trabajar en nochebuena en la planta desaladora.
Antes recorría las calles desiertas viendo a la gente preparando la cena. Las luces intermitentes de colores reflejaban los brindis y abrazos. Regresaba a mí casita, cenaba algo de la cesta de empresa, y me vestía de azul mahón. A las 11 de la noche despertaba al monstruo y me ponía a convertir agua salada en agua potable. Leía y escuchaba música clásica. Visitaba los depósitos con el coche de empresa. Si la noche estaba buena la gente se agolpaba en Ses Roques. Un poco de cava en vaso plástico. Y vuelta al monstruo ensordecedor. A las 7 a casa.
Bigotes durante una década me acompañó aquí en el regreso.
--No, nada de salir. Hoy te necesito aquí, compañero. Prueba este paté.
Y muy bien.
Es curioso que el peso se aligera en el alma cuando los quilos se amontonan en el cuerpo.
Que sea más fácil volar los recuerdos que ponerse los calcetines.
Es más fácil y sencillo olvidar posibles rencores y, simplemente, desear una felices navidades a la gente de buena voluntad.
Sean felices.



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