Autobuses y trenes.
Me encantaba viajar en autobús. Más me gustaba la libertad del tren con su vagón bar y su retrete. Eran anchos aquellos retretes. Una noche, cruzando las llanuras de La Mancha en mi primer permiso cuartelero, coincidí con una chica alegre de Murcia que iba a trabajar la noche de Madrid. Rubia, bien servida, había tenido un hijo con un tío lejano que la había "enviciado" al sexo. Lío un canuto, la invité a una lata de cerveza y hablemos de nuestras vidas. Ya relajados por el porro, le confesé que debido al tiempo de instrucción y falta de soledad e intimidad, andaba como potro en cuadra oliendo yegua, vamos, pateando el suelo.
No sería más que, a lo sumo, dos años mayor; pero me dijo con el gracejo de la huerta:
-"Soldadito, tú lo que necesitas es un alivio. Anda, ven, que así voy cogiendo el ritmo. Esta vez paga la casa."
Me cogió de la mano, y en la madrugada, llena de ronquidos, me llevó al retrete del final del tren.
Sacó del bolso uno de aquellos botes de plástico rosa granulados, y asperjó el espacio con fragancia de rosas.
Saco un pañuelo y limpió la tapa, tomando asiento.
Me acercó agarrándome del cinturón, y como desenvolviendo un regalo, sacó mi verga. Escupió en su mano de huertana y se puso a la tarea.
Sus manos estaban frías, mi miembro liberado caliente debido a los calzoncillos militronchos de basto algodón. Física pura, química orgánica, el mástil alzó bandera.
A mí mente venía John Lennon, asesinado tres días antes. Pobre John, frío en su tumba. Mientras este pobre diablo, aspirante a paracaidista, a punto de correrse en la boca de una campesina que por circunstancias adversas, se encaminaba a Madrid a trabajar de puta.
Pensé en el feo careto de Yoko Ono, en huevos fritos con chorizo, en mi perra Niebla, pensé en los 19 meses de dura mili, en saltar del avión, y ahí, la cagué.
Ella se percibió del espasmo, la atrapó bien, apretando los labios como un cepo de zorra. Solté, solté, el fruto de casi un mes. Y de sus labios no escapó ni una gota. Trago y relamió, pasó pañuelo, abrillanto, y como un limpiabotas, dijo:
-"Servicio listo".
Más lozana que una piña tropical, saco el pintalabios y se repasó la boca.
-"Que bien. Alta proteína. Cuando lleguemos a Madrid, ni desayunar. A la cama de la pensión que esta noche empiezo la jodienda."
Llegó el tren a Madrid. Y se perdió en el barullo de la estación.
De esta historia han pasado más de 40 años. Me acordaba está mañana bajando en autobús a Zaragoza.
Los campos aún vestidos de novia, cuatro y separados viajeros, algunos africanos incluidos. Y mi mente que no para, aun sin café, me ha trasladado a un cuadro de soledades de Edward Hopper. Después se han puesto en marcha mis lecturas, sobre todo de autores norteamericanos y sus viajes atravesando el país en los legendarios Greyhound Lines, Inc.
Jack Kerouac, generalmente, volvía a N.Y. a casa de su madre en autobús, tras sus correrías en autoestop. Preparaba una hogaza de pan italiano, cortada en rebanadas y rellenas de queso con salami. Charles Bukowski, hosco y malencarado, con su maleta de cartón negra, repasada con betún; sólo metía pintas de whisky entre sus ropas ajadas de trabajo. Cuando alguien ocupaba el asiento colindante, a no ser una mujer de buenas piernas, echaba un largo trago y el acompañante buscaba otro sitio. Dennis Johnson, con sus descarriadas yonkis, de ciudad en ciudad, ejerciendo de buscavidas-delincuente. Hasta el gran Céline atravesó el país de las barras y estrellas en aquellos autobuses del galgo rampante. Y Fante viajó a L. A. desde Denver. Relatos de Raymond Carver, irreales y a la vez cotidianos en la mala suerte. Tobías Wollf, antes de ir a Vietnam como soldado de Fuerzas Especiales, cruzó el país cuatro veces. 20.000 kilómetros de genuina americanidad.
Escritores viajeros buscando inspiración o huyendo de sus demonios.
A mí también me gustaba coger la mochila y largarme.
A Barcelona, a Donosti, Pamplona, Bilbao. Iba en tren, me bebía el dinero. Mi prima Alicia, angel salvador, me hacía un giro telegráfico para poder volver y matar al hambre y a la resaca.
Y ahora, viejo, cansado, de médicos, en esta nueva "normalidad" de mascarillas y separación, tristeza, viajó en autobús. Lo menos posible; sabe usted.
Prefiero a Debussy en la radio, la gata ronroneando, Bigotes de gira, y a ver qué comemos hoy.
"Cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el norte
Y dormí con chicas que lo hacían con hombres por primera vez,
Compraba salchichas y olvidaba luego pagar el importe.
Cuando era más joven me he visto esposado delante del juez.”
Joaquín Sabina.
Manuel Sáenz.



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